La cachemira, una fibra lujosa extraída del pelo de las cabras mongoles, se ha convertido en un producto exclusivo del lujo, pero detrás de su belleza y valor yace la historia de una sociedad pastoril que se está desmoronando.
En el norte de Mongolia, donde el clima es árido y el terreno es vasto, los pastores seminómadas cuidan a sus rebaños, que producen la fibra de cachemir, uno de los productos más valiosos del país. La industria del lujo de la cachemira ha crecido en los últimos años, con marcas como Burberry, Kering y Loro Piana adquiriendo grandes cantidades de la fibra.
Sin embargo, detrás de esta apariencia de prosperidad, los pastores mongoles están luchando por sobrevivir. La producción de cachemira ha aumentado en gran medida, pero esto ha llevado a una escasez de pastos y un deterioro del medio ambiente. El 76% de los pastos del país están afectados por la desertificación, y las cabras comen flores y semillas además de hierba, lo que impide la regeneración vegetal.
Las cooperativas pastoriles, como la de Batkhuu Namchin y su esposa Orkhontuya Jamnyan, se esfuerzan por producir la fibra de cachemir, pero su beneficio económico es limitado. El precio del cachemir cambia cada año y nunca sube lo suficiente, lo que significa que los pastores no pueden ganarse la vida con este trabajo.
La certificación SFA (Sustainable Fibre Alliance) se ha creado para promover la sostenibilidad del cachemir, pero algunos expertos cuestionan su eficacia. La alianza cuenta con más de 500 miembros, incluyendo grandes marcas y fábricas locales, pero sus estándares son vagos y no consideran realmente la salud del suelo.
Las marcas europeas como Gucci, Prada y Brunello Cucinelli han sido acusadas de fijar los precios y condiciones de pago, lo que deja a las cooperativas pastoriles sin ingresos. La brecha entre el valor generado en Mongolia y los márgenes obtenidos en Europa es evidente.
En un momento en que el futuro del cachemir y de quienes lo producen dependen de si la tierra logra o no disponer el tiempo que necesita para recuperarse, las noticias son preocupantes. ¿Podrá Mongolia encontrar una forma de equilibrar su economía con la protección del medio ambiente y la vida nómada? Solo el tiempo lo dirá.
En el norte de Mongolia, donde el clima es árido y el terreno es vasto, los pastores seminómadas cuidan a sus rebaños, que producen la fibra de cachemir, uno de los productos más valiosos del país. La industria del lujo de la cachemira ha crecido en los últimos años, con marcas como Burberry, Kering y Loro Piana adquiriendo grandes cantidades de la fibra.
Sin embargo, detrás de esta apariencia de prosperidad, los pastores mongoles están luchando por sobrevivir. La producción de cachemira ha aumentado en gran medida, pero esto ha llevado a una escasez de pastos y un deterioro del medio ambiente. El 76% de los pastos del país están afectados por la desertificación, y las cabras comen flores y semillas además de hierba, lo que impide la regeneración vegetal.
Las cooperativas pastoriles, como la de Batkhuu Namchin y su esposa Orkhontuya Jamnyan, se esfuerzan por producir la fibra de cachemir, pero su beneficio económico es limitado. El precio del cachemir cambia cada año y nunca sube lo suficiente, lo que significa que los pastores no pueden ganarse la vida con este trabajo.
La certificación SFA (Sustainable Fibre Alliance) se ha creado para promover la sostenibilidad del cachemir, pero algunos expertos cuestionan su eficacia. La alianza cuenta con más de 500 miembros, incluyendo grandes marcas y fábricas locales, pero sus estándares son vagos y no consideran realmente la salud del suelo.
Las marcas europeas como Gucci, Prada y Brunello Cucinelli han sido acusadas de fijar los precios y condiciones de pago, lo que deja a las cooperativas pastoriles sin ingresos. La brecha entre el valor generado en Mongolia y los márgenes obtenidos en Europa es evidente.
En un momento en que el futuro del cachemir y de quienes lo producen dependen de si la tierra logra o no disponer el tiempo que necesita para recuperarse, las noticias son preocupantes. ¿Podrá Mongolia encontrar una forma de equilibrar su economía con la protección del medio ambiente y la vida nómada? Solo el tiempo lo dirá.