Una película que revela la verdad detrás de un cuento de hadas, donde la realidad se entrelaza con la ficción en un relato que nos deja sin aliento.
"La tarta del presidente", una obra maestra iraquí que nos recuerda a las maravillas iluminadas de los primeros momentos de la cámara, pero ahora nos presentan algo completamente diferente. No vemos a las personas inocentes sorprendidas por la guerra, sino a aquellos que han sido víctimas de su brutalidad. Sombras deshumanizadas y casi invisibles se convierten en seres humanos que luchan por sobrevivir, desear, querer, sin distinción entre ellos y nosotros.
La película narra la historia de una niña de nueve años que debe cumplir con la obligación de confeccionar una tarta para Sadam Husein en su cumpleaños. La escena se desarrolla en un Bagdad plagado por la pobreza, la corrupción y la violencia, donde el régimen despiadado impone su autoridad con mala fe. Un viaje equinoccial a través de un mundo desolado, donde la heroica tarea de la niña es juntar harina, azúcar y huevos en un propósito ridículo y descomunal.
La película se plantea como un cuento de hadas contradictoriamente realista, donde la vida cotidiana se entrelaza con la realidad de la guerra. La niña Lamia, acompañada por su amigo Saeed, la abuela Bibi y el gallo Hindi, atraviesan un mundo plagado por rufianes, tramposos y aprovechados, pero también testigos de vida, como el cartero honrado.
El director Hasan Hadi se las arregla para combinar herramientas básicas del documental con la épica visión de un cine maestro, evocando a Abbas Kiarostami en su soberbio ejercicio de malabarismo. El resultado es una película que impresiona por su certeza, profundidad y simple belleza, así como por la claridad en el manejo de las miradas y su arriesgado ofrecimiento de vida.
"La tarta del presidente" es más que un cuento de hadas; es una llamada a la conciencia. Es una película que nos faltaba entre el cine impúdico plagado de soldados traumatizados, pero también es una obra maestra que nos recuerda que la verdad se reconoce en la superficie del agua.
"La tarta del presidente", una obra maestra iraquí que nos recuerda a las maravillas iluminadas de los primeros momentos de la cámara, pero ahora nos presentan algo completamente diferente. No vemos a las personas inocentes sorprendidas por la guerra, sino a aquellos que han sido víctimas de su brutalidad. Sombras deshumanizadas y casi invisibles se convierten en seres humanos que luchan por sobrevivir, desear, querer, sin distinción entre ellos y nosotros.
La película narra la historia de una niña de nueve años que debe cumplir con la obligación de confeccionar una tarta para Sadam Husein en su cumpleaños. La escena se desarrolla en un Bagdad plagado por la pobreza, la corrupción y la violencia, donde el régimen despiadado impone su autoridad con mala fe. Un viaje equinoccial a través de un mundo desolado, donde la heroica tarea de la niña es juntar harina, azúcar y huevos en un propósito ridículo y descomunal.
La película se plantea como un cuento de hadas contradictoriamente realista, donde la vida cotidiana se entrelaza con la realidad de la guerra. La niña Lamia, acompañada por su amigo Saeed, la abuela Bibi y el gallo Hindi, atraviesan un mundo plagado por rufianes, tramposos y aprovechados, pero también testigos de vida, como el cartero honrado.
El director Hasan Hadi se las arregla para combinar herramientas básicas del documental con la épica visión de un cine maestro, evocando a Abbas Kiarostami en su soberbio ejercicio de malabarismo. El resultado es una película que impresiona por su certeza, profundidad y simple belleza, así como por la claridad en el manejo de las miradas y su arriesgado ofrecimiento de vida.
"La tarta del presidente" es más que un cuento de hadas; es una llamada a la conciencia. Es una película que nos faltaba entre el cine impúdico plagado de soldados traumatizados, pero también es una obra maestra que nos recuerda que la verdad se reconoce en la superficie del agua.