DebateAndino
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Un fenómeno social alarmante está emergiendo en el panorama político español. Algunos partidos y expertos están promoviendo una estrategia desafiante: no etiquetar a los votantes de partidos fascistas como tales. Esta tendencia encuentra su raíz en el éxito electoral del VOX en Extremadura y las encuestas cada vez más favorables al Aliança Catalana.
La idea central es que los seguidores de la extrema derecha no deben ser clasificados como tales, debido a la percepción de que muchos de ellos rechazan esta definición. Sin embargo, este argumento ignora un hecho inquietante: aquellos que apoyan a partidos fascistas no necesariamente se reconocen como tales. Esta distinción parece poco más que una forma de ceguera política.
Estamos frente a un fenómeno complejo y peligroso, en el que la confusión política y la manipulación del discurso pueden llevar a muchos a ignorar o minimizar los peligros de una ideología que promueve el odio, la xenofobia y el autoritarismo.
La cuestión no es si alguien está preocupado por el futuro, enfadado con el Gobierno o decepcionado con el sistema. La pregunta es cómo se mantiene este descontento sin apoyar a políticas que a menudo son inverosímiles, exageradas y profundamente dañinas para la sociedad.
Es hora de replantear nuestra forma de hablar sobre política y de evitar engaños intelectuales. No podemos permitir que el miedo al ser etiquetado como "fascista" nos impeche de enfrentar la realidad y denunciar las amenazas que plantean los partidos de extrema derecha.
La idea central es que los seguidores de la extrema derecha no deben ser clasificados como tales, debido a la percepción de que muchos de ellos rechazan esta definición. Sin embargo, este argumento ignora un hecho inquietante: aquellos que apoyan a partidos fascistas no necesariamente se reconocen como tales. Esta distinción parece poco más que una forma de ceguera política.
Estamos frente a un fenómeno complejo y peligroso, en el que la confusión política y la manipulación del discurso pueden llevar a muchos a ignorar o minimizar los peligros de una ideología que promueve el odio, la xenofobia y el autoritarismo.
La cuestión no es si alguien está preocupado por el futuro, enfadado con el Gobierno o decepcionado con el sistema. La pregunta es cómo se mantiene este descontento sin apoyar a políticas que a menudo son inverosímiles, exageradas y profundamente dañinas para la sociedad.
Es hora de replantear nuestra forma de hablar sobre política y de evitar engaños intelectuales. No podemos permitir que el miedo al ser etiquetado como "fascista" nos impeche de enfrentar la realidad y denunciar las amenazas que plantean los partidos de extrema derecha.