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La mancha invisible de Iglesias
Julio Iglesias, el cantante más icónico de su generación, tiene una historia detrás de sus ojos expresivos y su sonrisa cálida. Una historia que, según reveló su mánager Alfredo Fraile en su libro "Secretos confesables", está llena de manchas, no físicas, sino psicológicas.
La arruga o la cicatriz que se suponía que la cirugía había dejado en su rostro era solo una excusa para ocultar un perfil más oscuro. Un perfil que reflejaba la realidad de las acusaciones de abuso sexual contra él. Acusaciones que, a pesar de las protestas de sus seguidores y amigos, nunca se desvanecen.
La mancha, como lo definiera Claire Dederer en su libro "Monstruos. ¿Se puede separar al autor de su obra?", es la metáfora perfecta para entender el impacto que tienen estas acusaciones sobre la reputación de un artista. No se trata de eliminar la mancha, sino de aceptarla y enfrentarla.
Pero lo que muchos están tildando de hipocresía es en realidad madurez social. La sociedad no está preparada para llamar a los hechos por su nombre, para reconocer que el abuso sexual es un delito grave que no se puede ignorar. La presunción de inocencia debe guardarse para los hechos gravísimos denunciados por sus víctimas.
Julio Iglesias ya no puede ocultar su perfil izquierdo, la mancha que ha manchado su reputación es visible para todos. Y aunque sus amigos intenten limpiarla, la mancha está ahí, indeleble y presente. La justicia determinará el tamaño de esta mancha, pero una cosa es segura: no se puede borrar.
La historia de Julio Iglesias es un recordatorio de que la reputación de un artista no es lo mismo que su obra. La mancha que ha manchado su nombre es un recordatorio de que las acusaciones de abuso sexual deben ser tomadas en serio, que no se pueden ignorar ni silenciar. La justicia debe ser buscada y encontrada, para que la mancha pueda sanarse y la reputación de Julio Iglesias pueda comenzar a limpiarse.
Julio Iglesias, el cantante más icónico de su generación, tiene una historia detrás de sus ojos expresivos y su sonrisa cálida. Una historia que, según reveló su mánager Alfredo Fraile en su libro "Secretos confesables", está llena de manchas, no físicas, sino psicológicas.
La arruga o la cicatriz que se suponía que la cirugía había dejado en su rostro era solo una excusa para ocultar un perfil más oscuro. Un perfil que reflejaba la realidad de las acusaciones de abuso sexual contra él. Acusaciones que, a pesar de las protestas de sus seguidores y amigos, nunca se desvanecen.
La mancha, como lo definiera Claire Dederer en su libro "Monstruos. ¿Se puede separar al autor de su obra?", es la metáfora perfecta para entender el impacto que tienen estas acusaciones sobre la reputación de un artista. No se trata de eliminar la mancha, sino de aceptarla y enfrentarla.
Pero lo que muchos están tildando de hipocresía es en realidad madurez social. La sociedad no está preparada para llamar a los hechos por su nombre, para reconocer que el abuso sexual es un delito grave que no se puede ignorar. La presunción de inocencia debe guardarse para los hechos gravísimos denunciados por sus víctimas.
Julio Iglesias ya no puede ocultar su perfil izquierdo, la mancha que ha manchado su reputación es visible para todos. Y aunque sus amigos intenten limpiarla, la mancha está ahí, indeleble y presente. La justicia determinará el tamaño de esta mancha, pero una cosa es segura: no se puede borrar.
La historia de Julio Iglesias es un recordatorio de que la reputación de un artista no es lo mismo que su obra. La mancha que ha manchado su nombre es un recordatorio de que las acusaciones de abuso sexual deben ser tomadas en serio, que no se pueden ignorar ni silenciar. La justicia debe ser buscada y encontrada, para que la mancha pueda sanarse y la reputación de Julio Iglesias pueda comenzar a limpiarse.