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El juicio al hombre lobo, Manuel Blanco Romasanta. Un caso que convirtió a un asesino en serie español en leyenda.
En el pequeño pueblo de Allariz, Galicia, los aldeanos se reunieron con faroles de aceite y perros ladrando, esperando noticias sobre el supuesto "Hombre Lobo". La noche era oscura, el aire estaba cargado de humedad y cera derretida. Algo parecido a una maldición se sentía en el aire.
Romasanta había sido capturado años atrás, después de una larga persecución, y ahora estaba ante un tribunal. En su defensa, su abogado presentó un argumento sorprendente: que Romasanta no era plenamente consciente de sus actos y que padecía una enfermedad mental.
Sin embargo, el juez no se convenció. Romasanta declaró bajo juramento que había sido condenado a convertirse en lobo por una bruja durante las noches de luna llena. "La primera vez que me transformé fue en la montaña de Couso", explicó ante el tribunal. "Me revolqué tres veces en el suelo y me convertí en un lobo".
El impacto del caso fue inmediato. La historia del supuesto licántropo apareció en periódicos y estudios de la época. En Galicia, el personaje pasó a ser parte del folklore popular y con los años inspiró relatos, cómics y ensayos.
Pero detrás de la leyenda, había una realidad más oscura. Romasanta había matado a trece personas, algunas de ellas mujeres y niños, y las había enterrado en lugares apartados. Lo que lo llevó a ser conocido como "sacamantecas" fue su habilidad para extraer grasa humana y venderla como ungüento.
El juicio resultante no solo sacó a la luz las dos caras de Romasanta, sino que hizo que se empezara a hablar en serio de hasta qué punto alguien enfermo puede ser responsable de lo que hace. La sentencia final fue cadena perpetua, pero la intervención de un hipnólogo francés, el doctor Philips, resultó determinante: consideró que Romasanta no era plenamente consciente de sus actos y padecía una enfermedad mental.
Romasanta murió en el penal de Ceuta en 1863 a los 54 años. Pero su leyenda vivió más allá de su muerte. Se convirtió en un símbolo de la oscuridad humana, y su caso sigue siendo estudiado hoy en día por historiadores y psicólogos.
En el fondo del bosque, donde todo comenzó, todavía se pueden ver los faroles de aceite y los perros ladrando. La noche es oscura, pero la leyenda vive.
En el pequeño pueblo de Allariz, Galicia, los aldeanos se reunieron con faroles de aceite y perros ladrando, esperando noticias sobre el supuesto "Hombre Lobo". La noche era oscura, el aire estaba cargado de humedad y cera derretida. Algo parecido a una maldición se sentía en el aire.
Romasanta había sido capturado años atrás, después de una larga persecución, y ahora estaba ante un tribunal. En su defensa, su abogado presentó un argumento sorprendente: que Romasanta no era plenamente consciente de sus actos y que padecía una enfermedad mental.
Sin embargo, el juez no se convenció. Romasanta declaró bajo juramento que había sido condenado a convertirse en lobo por una bruja durante las noches de luna llena. "La primera vez que me transformé fue en la montaña de Couso", explicó ante el tribunal. "Me revolqué tres veces en el suelo y me convertí en un lobo".
El impacto del caso fue inmediato. La historia del supuesto licántropo apareció en periódicos y estudios de la época. En Galicia, el personaje pasó a ser parte del folklore popular y con los años inspiró relatos, cómics y ensayos.
Pero detrás de la leyenda, había una realidad más oscura. Romasanta había matado a trece personas, algunas de ellas mujeres y niños, y las había enterrado en lugares apartados. Lo que lo llevó a ser conocido como "sacamantecas" fue su habilidad para extraer grasa humana y venderla como ungüento.
El juicio resultante no solo sacó a la luz las dos caras de Romasanta, sino que hizo que se empezara a hablar en serio de hasta qué punto alguien enfermo puede ser responsable de lo que hace. La sentencia final fue cadena perpetua, pero la intervención de un hipnólogo francés, el doctor Philips, resultó determinante: consideró que Romasanta no era plenamente consciente de sus actos y padecía una enfermedad mental.
Romasanta murió en el penal de Ceuta en 1863 a los 54 años. Pero su leyenda vivió más allá de su muerte. Se convirtió en un símbolo de la oscuridad humana, y su caso sigue siendo estudiado hoy en día por historiadores y psicólogos.
En el fondo del bosque, donde todo comenzó, todavía se pueden ver los faroles de aceite y los perros ladrando. La noche es oscura, pero la leyenda vive.