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El imperio de Estados Unidos se renueva, pero ¿sabías que ya existía hace siglos?
La expansión territorial de EEUU no es un fenómeno reciente, sino que tiene sus raíces en la historia. La doctrina Monroe, nacida en 1823 durante la presidencia de James Monroe, fue el primer paso hacia la creación de una ideología que justificaría las decisiones políticas estadounidenses más allá de sus fronteras.
La Doctrina Monroe parecía simple: Europa debía mantenerse al margen de los asuntos del continente americano. Sin embargo, con el tiempo, esta idea se transformó en una llamada a la intervención cuando consideraba que los intereses estadounidenses estaban en juego. América Latina pasó a ser vista como "patio trasero" de Washington, donde se justificaban golpes de Estado, presiones económicas o intervenciones directas como medidas de "estabilidad" o "seguridad".
Pero hay una otra idea clave que está detrás de la Doctrina Monroe: el llamado destino manifiesto. Este concepto indica que la expansión territorial y la proyección de poder no son decisiones políticas discutibles, sino una misión sagrada. La creencia de que Estados Unidos estaba destinado a liderar y "civilizar" se remonta a la tradición religiosa de los primeros colonos puritanos.
Las consecuencias de esta mentalidad fueron visibles muy pronto. La expansión hacia el oeste, la guerra contra México y la posterior anexión de enormes territorios se llevaron a cabo bajo la convicción de que el avance estadounidense era legítimo. La derrota de España y la entrada de Estados Unidos en escenarios como Cuba, Puerto Rico o Filipinas en finales del siglo XIX terminaron de afincar esta idea entre los mandatarios estadounidenses.
El Manifiesto de Ostende, un documento elaborado en 1854 por diplomáticos del gigante americano, es un ejemplo perfecto de la lógica detrás de este pensamiento. En él, se plantea abiertamente la posibilidad de adquirir Cuba, incluso mediante la fuerza, si España se negaba a vender la isla. El argumento no era económico ni humanitario, sino de "seguridad nacional".
El presidente Donald Trump ha revivido y ampliado esta lógica, combinándola con el apellido para crear una nueva doctrina: la "doctrina Donroe". Esta política exterior busca controlar y dirigir los asuntos del continente, como se vio en la intervención militar estadounidense en Venezuela, donde capturaron a Nicolás Maduro.
La Doctrina Monroe se ha renacido bajo el mandato de Trump, pero su lógica es igual de perturbadora. ¿Qué mensaje envía el presidente cuando decide intervenir en un país vecino sin la autorización del parlamento? ¿Qué seguridad nacional justifica la captura de un presidente democráticamente elegido?
La historia nos cuenta que la expansión territorial y la proyección de poder no son decisiones políticas discutibles, sino una misión sagrada. La Doctrina Monroe y su renovación bajo Trump nos recuerdan que la ideología puede ser tan peligrosa como el imperialismo.
La expansión territorial de EEUU no es un fenómeno reciente, sino que tiene sus raíces en la historia. La doctrina Monroe, nacida en 1823 durante la presidencia de James Monroe, fue el primer paso hacia la creación de una ideología que justificaría las decisiones políticas estadounidenses más allá de sus fronteras.
La Doctrina Monroe parecía simple: Europa debía mantenerse al margen de los asuntos del continente americano. Sin embargo, con el tiempo, esta idea se transformó en una llamada a la intervención cuando consideraba que los intereses estadounidenses estaban en juego. América Latina pasó a ser vista como "patio trasero" de Washington, donde se justificaban golpes de Estado, presiones económicas o intervenciones directas como medidas de "estabilidad" o "seguridad".
Pero hay una otra idea clave que está detrás de la Doctrina Monroe: el llamado destino manifiesto. Este concepto indica que la expansión territorial y la proyección de poder no son decisiones políticas discutibles, sino una misión sagrada. La creencia de que Estados Unidos estaba destinado a liderar y "civilizar" se remonta a la tradición religiosa de los primeros colonos puritanos.
Las consecuencias de esta mentalidad fueron visibles muy pronto. La expansión hacia el oeste, la guerra contra México y la posterior anexión de enormes territorios se llevaron a cabo bajo la convicción de que el avance estadounidense era legítimo. La derrota de España y la entrada de Estados Unidos en escenarios como Cuba, Puerto Rico o Filipinas en finales del siglo XIX terminaron de afincar esta idea entre los mandatarios estadounidenses.
El Manifiesto de Ostende, un documento elaborado en 1854 por diplomáticos del gigante americano, es un ejemplo perfecto de la lógica detrás de este pensamiento. En él, se plantea abiertamente la posibilidad de adquirir Cuba, incluso mediante la fuerza, si España se negaba a vender la isla. El argumento no era económico ni humanitario, sino de "seguridad nacional".
El presidente Donald Trump ha revivido y ampliado esta lógica, combinándola con el apellido para crear una nueva doctrina: la "doctrina Donroe". Esta política exterior busca controlar y dirigir los asuntos del continente, como se vio en la intervención militar estadounidense en Venezuela, donde capturaron a Nicolás Maduro.
La Doctrina Monroe se ha renacido bajo el mandato de Trump, pero su lógica es igual de perturbadora. ¿Qué mensaje envía el presidente cuando decide intervenir en un país vecino sin la autorización del parlamento? ¿Qué seguridad nacional justifica la captura de un presidente democráticamente elegido?
La historia nos cuenta que la expansión territorial y la proyección de poder no son decisiones políticas discutibles, sino una misión sagrada. La Doctrina Monroe y su renovación bajo Trump nos recuerdan que la ideología puede ser tan peligrosa como el imperialismo.