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La literatura, la verdadera literatura, se hace fuera de las redes sociales. El cine no se hace con taquillazos ni la música con el Festival de Eurovisión. En ese otro circuito no importa la presencia digital del autor, aunque a veces se repita hasta la saciedad que hoy el creador debe ser un todoólogo, escribe, opina, habla en público, escribe tweets y publica reels, posa con ropa de diseño y acepta invitaciones. Y quizá se aprendan su nombre, pero eso no garantiza lectores para sus libros.
El fenómeno que cuenta con muchos seguidores en redes sociales como un mérito, un argumento de venta, es una estrategia vieja y gastada. Aunque es posible que en dos o tres años esos libros vendan a precio de saldo, porque nunca estuvieron pensados para durar. No son libros de escritores.
La literatura se hace en otra parte, del mismo modo que el cine no se hace con taquillazos ni la música con el Festival de Eurovisión. En ese otro circuito no importa la presencia digital del autor, por mucho que se repita hasta la saciedad que hoy el creador debe ser un todoólogo.
La escritora irlandesa Sally Rooney (Castlebar, 1991) es seguramente la escritora que más ha conectado con las generaciones milenial y centenial. Su impulso no vino de la mano de Internet, sino de un sistema tradicional: la influyente agencia literaria de Andrew Wylie, que enseguida detectó su talento y logró que hasta siete editoriales pujaron por su primer libro, Conversaciones entre amigos (2017), además de vender los derechos de la misma en numerosos países. El fenómeno fue a más con su segunda novela, Gente normal (2018).
Con Emma Cline (Sonoma Country, California, 1989) se da una paradoja: se habla mucho de sus libros en las redes sociales porque atraen a muchos lectores jóvenes, pero sin que ellos intervengan, sin que estén presentes como autores. Como defiende Elena Ferrante, que conoce mejor que nadie lo que significa hacerse invisible para dar el protagonismo a tu creación, es la obra, la obra sola, la que tiene que abrirse camino.
En España, los tres autores milenial que más han dado que hablar en lo que llevamos de década también recelan de este tipo de plataformas: ni Irene Solà (Malla, 1990) ni David Uclés (Úbeda, 1990) ni Sara Barquinero (Zaragoza, 1994) contaban con una vasta comunidad de seguidores antes de empezar a publicar. Cuando vieron la luz sus novelas más aclamadas, ya tenían una breve trayectoria previa con publicaciones en sellos más pequeños.
Y en cuanto al segundo motivo por el que destacaron, podemos aventurarnos a afirmar que fue no tanto la calidad literaria (que también) como la originalidad de su propuesta. Con Sara Mesa (Madrid, 1976), por ejemplo, se distingue cada una de sus novelas entre las tendencias actuales, cada una a su manera.
La escritora pacense Jesús Carrasco (Olivenza, Badajoz, 1972) también hace su camino sin buscar el eco mediático. Con la autora zaragoneña Sara Barquinero (Zaragoza, 1994), se da otra paradoja: se habla mucho de sus libros en las redes sociales porque atraen a muchos lectores jóvenes, pero sin que ellos intervengan, sin que estén presentes como autores.
Y también hay otras voces extranjeras como Chimamanda Ngozi Adichie (Enugu, Nigeria, 1977), Zadie Smith (Londres, 1975), Maggie O’Farrell (Coleraine, 1972) y Olivia Laing (Buckinghamshire, 1977), que también no utilizan las redes sociales.
Y hay un último caso: los escritores en ciernes. ¿Quieren emular a los expertos en moda, los cocinillas, los gamers y gurús de diversa índole? ¿O quieren ser escritores con conciencia de estilo, de los que emocionan con las palabras, hacen pensar, cambian la perspectiva de ver el mundo y perduran en el tiempo? Para el segundo, escriban, escriban y escriban.
El fenómeno que cuenta con muchos seguidores en redes sociales como un mérito, un argumento de venta, es una estrategia vieja y gastada. Aunque es posible que en dos o tres años esos libros vendan a precio de saldo, porque nunca estuvieron pensados para durar. No son libros de escritores.
La literatura se hace en otra parte, del mismo modo que el cine no se hace con taquillazos ni la música con el Festival de Eurovisión. En ese otro circuito no importa la presencia digital del autor, por mucho que se repita hasta la saciedad que hoy el creador debe ser un todoólogo.
La escritora irlandesa Sally Rooney (Castlebar, 1991) es seguramente la escritora que más ha conectado con las generaciones milenial y centenial. Su impulso no vino de la mano de Internet, sino de un sistema tradicional: la influyente agencia literaria de Andrew Wylie, que enseguida detectó su talento y logró que hasta siete editoriales pujaron por su primer libro, Conversaciones entre amigos (2017), además de vender los derechos de la misma en numerosos países. El fenómeno fue a más con su segunda novela, Gente normal (2018).
Con Emma Cline (Sonoma Country, California, 1989) se da una paradoja: se habla mucho de sus libros en las redes sociales porque atraen a muchos lectores jóvenes, pero sin que ellos intervengan, sin que estén presentes como autores. Como defiende Elena Ferrante, que conoce mejor que nadie lo que significa hacerse invisible para dar el protagonismo a tu creación, es la obra, la obra sola, la que tiene que abrirse camino.
En España, los tres autores milenial que más han dado que hablar en lo que llevamos de década también recelan de este tipo de plataformas: ni Irene Solà (Malla, 1990) ni David Uclés (Úbeda, 1990) ni Sara Barquinero (Zaragoza, 1994) contaban con una vasta comunidad de seguidores antes de empezar a publicar. Cuando vieron la luz sus novelas más aclamadas, ya tenían una breve trayectoria previa con publicaciones en sellos más pequeños.
Y en cuanto al segundo motivo por el que destacaron, podemos aventurarnos a afirmar que fue no tanto la calidad literaria (que también) como la originalidad de su propuesta. Con Sara Mesa (Madrid, 1976), por ejemplo, se distingue cada una de sus novelas entre las tendencias actuales, cada una a su manera.
La escritora pacense Jesús Carrasco (Olivenza, Badajoz, 1972) también hace su camino sin buscar el eco mediático. Con la autora zaragoneña Sara Barquinero (Zaragoza, 1994), se da otra paradoja: se habla mucho de sus libros en las redes sociales porque atraen a muchos lectores jóvenes, pero sin que ellos intervengan, sin que estén presentes como autores.
Y también hay otras voces extranjeras como Chimamanda Ngozi Adichie (Enugu, Nigeria, 1977), Zadie Smith (Londres, 1975), Maggie O’Farrell (Coleraine, 1972) y Olivia Laing (Buckinghamshire, 1977), que también no utilizan las redes sociales.
Y hay un último caso: los escritores en ciernes. ¿Quieren emular a los expertos en moda, los cocinillas, los gamers y gurús de diversa índole? ¿O quieren ser escritores con conciencia de estilo, de los que emocionan con las palabras, hacen pensar, cambian la perspectiva de ver el mundo y perduran en el tiempo? Para el segundo, escriban, escriban y escriban.