PensadorLatino
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El mundo del concierto colosal ha adoptado una estética de "neokitsch" y "desmesura", en la que la desaparición de los límites y la ornamentación exagerada han llevado a un repertorio ecléctico y fácil de digerir. El violinista y director de orquesta neerlandés André Rieu, con su Orquesta Johann Strauss, se ha convertido en el rey del concierto colosal, llenando estadios con una mezcla de música clásica, pop y baile.
Esta nueva tendencia se analiza en el ensayo "La nueva era del kitsch" escrito por Gilles Lipovetsky y Jean Serroy, quienes afirman que la idea de "neokitsch" no supone una amenaza para la música clásica, sino su transformación en un producto de moda efímero. La fórmula de Rieu, basada en la estética del exceso, la edulcoración y un repertorio tan ecléctico como fácil de digerir, ha llevado a un público masivo que se entera sin complejos.
"Rieu aplica la lógica de la desmesura neokitsch", confirman los autores. "Frente a la liturgia del concierto tradicional, nos encontramos con un batiburrillo desacralizado de géneros musicales". Desde la sacra "Aria lacrimógena" de Händel hasta el poco convencional "My heart will go on" de Titanic, todo en una mezcla única y comercial que no deja indiferente.
El éxito de Rieu se repite en otros artistas como Andrea Bocelli, David Garrett, Lindsey Stirling o Il Divo, quienes también han logrado llenar estadios con una fusión de música clásica y pop. Por ejemplo, el violonchelista Stjepan Hauser comenzó con la suite nº 1 de Bach y acabó lanzando a la platea una toalla empapada de sudor.
La idea según la cual "crossover" y sus derivas preparan el oído para una escucha más exigente, no corresponde con la realidad. El éxito comercial de estos proyectos permitió sostener carreras del maestro Valery Gergiev, el pianista Alfred Brendel o el cuarteto Alban Berg.
La agencia de artistas Polyarts promueve una estrategia similar, sacando a las estrellas clásicas del nicho y reconocerlas como creadoras poderosas e innovadoras. Moema Parrott sostiene que "hay que conectar géneros y plataformas para atraer un público más diverso".
Esta nueva tendencia se analiza en el ensayo "La nueva era del kitsch" escrito por Gilles Lipovetsky y Jean Serroy, quienes afirman que la idea de "neokitsch" no supone una amenaza para la música clásica, sino su transformación en un producto de moda efímero. La fórmula de Rieu, basada en la estética del exceso, la edulcoración y un repertorio tan ecléctico como fácil de digerir, ha llevado a un público masivo que se entera sin complejos.
"Rieu aplica la lógica de la desmesura neokitsch", confirman los autores. "Frente a la liturgia del concierto tradicional, nos encontramos con un batiburrillo desacralizado de géneros musicales". Desde la sacra "Aria lacrimógena" de Händel hasta el poco convencional "My heart will go on" de Titanic, todo en una mezcla única y comercial que no deja indiferente.
El éxito de Rieu se repite en otros artistas como Andrea Bocelli, David Garrett, Lindsey Stirling o Il Divo, quienes también han logrado llenar estadios con una fusión de música clásica y pop. Por ejemplo, el violonchelista Stjepan Hauser comenzó con la suite nº 1 de Bach y acabó lanzando a la platea una toalla empapada de sudor.
La idea según la cual "crossover" y sus derivas preparan el oído para una escucha más exigente, no corresponde con la realidad. El éxito comercial de estos proyectos permitió sostener carreras del maestro Valery Gergiev, el pianista Alfred Brendel o el cuarteto Alban Berg.
La agencia de artistas Polyarts promueve una estrategia similar, sacando a las estrellas clásicas del nicho y reconocerlas como creadoras poderosas e innovadoras. Moema Parrott sostiene que "hay que conectar géneros y plataformas para atraer un público más diverso".