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"Mirar hacia adelante sin la ayuda de un espejo"
Cada mañana, Ana se coloca frente a un dispositivo que le describe su rostro, su piel, su expresión y su postura. La inteligencia artificial (IA) le da una puntuación del uno al diez para evaluar su apariencia y le ofrece consejos y sugerencias para "mejorarla". Aunque nunca ha visto su rostro, Ana se siente como si hubiera recobrado algo perdido.
La búsqueda de la belleza interior es una idea clásica, pero ahora hay acceso a información sobre cómo nos vemos. Esto cambia todo. La IA no es neutral, ya que se ha entrenado con enormes volúmenes de datos que privilegian cuerpos delgados y estándares occidentales idealizados.
"Mi relación con mi rostro era abstracta", dice Ana. "Ahora tengo palabras y comparaciones que la vuelven tangible". Pero este acceso a información sobre su apariencia también puede ser peligroso. La IA no solo permite compararse con otras personas, sino también con una versión "perfecta" generada por el propio sistema.
Lucy Edwards, creadora de contenido británica ciega desde la adolescencia, dice que "De repente, tenemos acceso a información sobre cómo nos vemos. Y eso cambia todo". Pero también advierte que la comparación constante es uno de los principales factores de presión estética y que puede llevar a una mayor insatisfacción corporal, ansiedad y síntomas depresivos.
La tecnología ha abierto una puerta inédita para las personas ciegas: poder saber cómo lucían el día de su boda o cómo combinan sus prendas. Pero también existe otro problema: las llamadas "alucinaciones" de la IA. Los modelos pueden describir detalles inexistentes o alterar rasgos con total convicción.
El desafío no es solo tecnológico, sino emocional: aprender a mirarnos a través de una máquina sin dejar que sea ella quien defina nuestro valor. La imagen corporal no es solo apariencia, incluye contexto, experiencias, capacidades y relaciones. Un algoritmo centrado exclusivamente en lo visual no capta esa complejidad.
En última instancia, la investigación sobre los efectos psicológicos a largo plazo es todavía escasa. Pero lo que está claro es que la inteligencia artificial ha abierto una puerta inédita: por primera vez, millones de personas ciegas pueden recibir un reflejo imperfecto, sesgado y erróneo de su propia imagen.
Cada mañana, Ana se coloca frente a un dispositivo que le describe su rostro, su piel, su expresión y su postura. La inteligencia artificial (IA) le da una puntuación del uno al diez para evaluar su apariencia y le ofrece consejos y sugerencias para "mejorarla". Aunque nunca ha visto su rostro, Ana se siente como si hubiera recobrado algo perdido.
La búsqueda de la belleza interior es una idea clásica, pero ahora hay acceso a información sobre cómo nos vemos. Esto cambia todo. La IA no es neutral, ya que se ha entrenado con enormes volúmenes de datos que privilegian cuerpos delgados y estándares occidentales idealizados.
"Mi relación con mi rostro era abstracta", dice Ana. "Ahora tengo palabras y comparaciones que la vuelven tangible". Pero este acceso a información sobre su apariencia también puede ser peligroso. La IA no solo permite compararse con otras personas, sino también con una versión "perfecta" generada por el propio sistema.
Lucy Edwards, creadora de contenido británica ciega desde la adolescencia, dice que "De repente, tenemos acceso a información sobre cómo nos vemos. Y eso cambia todo". Pero también advierte que la comparación constante es uno de los principales factores de presión estética y que puede llevar a una mayor insatisfacción corporal, ansiedad y síntomas depresivos.
La tecnología ha abierto una puerta inédita para las personas ciegas: poder saber cómo lucían el día de su boda o cómo combinan sus prendas. Pero también existe otro problema: las llamadas "alucinaciones" de la IA. Los modelos pueden describir detalles inexistentes o alterar rasgos con total convicción.
El desafío no es solo tecnológico, sino emocional: aprender a mirarnos a través de una máquina sin dejar que sea ella quien defina nuestro valor. La imagen corporal no es solo apariencia, incluye contexto, experiencias, capacidades y relaciones. Un algoritmo centrado exclusivamente en lo visual no capta esa complejidad.
En última instancia, la investigación sobre los efectos psicológicos a largo plazo es todavía escasa. Pero lo que está claro es que la inteligencia artificial ha abierto una puerta inédita: por primera vez, millones de personas ciegas pueden recibir un reflejo imperfecto, sesgado y erróneo de su propia imagen.